La carretera

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Cuando leí La Carretera de Cormac Mccarthy me encontré con el agradable trabajo de una prosa hipnótica, con la capacidad para dotar a lo desagradable de una fuerza irresistible en la que las palabras sobrepasaban su significado hasta el campo de lo sensorial, haciendo de ese inevitable y enfermo trayecto entre padre e hijo materia para lo personal, para la angustiosa necesidad de continuar página a página en una historia de auténtica desesperanza. Entonces creí que la novela tenía como principal tema la supervivencia entendida como la necesidad de vivir a cualquier precio, de atravesar un infierno pero manteniendo una vaga esperanza y un sentimiento que Mccarthy describía como “el fuego”, ese valor prometéico.

En su adaptación cinematográfica, Mccarthy encuentra una correspondencia a sus palabras en el trabajo del director de fotografía español, Javier Aguirresarobe, que ya había demostrado su detallista y versátil visión del detalle en películas necesitadas de igual tacto como El sol del membrillo (Víctor Erice, 1992) y Hable con ella (Pedro Almodóvar, 2002). Es así como la película consigue capturar, al menos efímeramente, ese universo polvoriento y avejentado, cubierto de escombros.  En cambio, y pese a la literalidad de la adaptación, no nos encontramos ante el mismo texto por dos motivos principales: la necesidad de encontrar un tiempo adecuado para que el discurrir de los procesos y rutinas del padre y el hijo tengan su presencia en una película que, no nos olvidemos, no va a sacrificar a su posible público por dejar margen a esas descripciones aparentemente baladís,  y la segunda, la fuerte presencia física que el hijo dota al personaje ante la dependencia del padre, transformando la película en un debate que no es ya vivir en el desastre o resignarse y morir, si no vivir solo o arriesgar su seguridad en ayudar a los demás. Puede que de esta forma el final de ambas historias no nos resulte tan decepcionante, por imprevisto, y añada una coherencia dentro del discurso que exculpe a la de la trama; así se encuentra un poco de salvación en el lugar donde ese “fuego” puede por fín arder: rodeado de otros que lo disfruten.

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