La cuarta fase

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Más allá de la poco original campaña viral que ha traído consigo La cuarta fase, haciendo pasar por verdadera la que a todas luces es una fantasía, se esconde una propuesta que podría haber dado más de sí: el desarrollo en paralelo de una dramatización de unos hechos, y estos hechos que son tan ficcionados como los primeros, pero con un mayor grado de verosimilitud. En la secuencia inicial, Milla Jovovich nos explica que ella forma parte del segmento ‘dramatizado’ de unas grabaciones reales, interpretando ella a una tal Doctora Abbey Tyler. Todo forma parte del mismo juego que ya estableció Orson Welles en la revolucionaria Fraude (1973): hacer que una verdad, la confesión de que todo es una mentira, encubra una mentira aún mayor. Así, mientras aceptamos la parte ‘dramatizada’ como una mentira, le damos veracidad a la parte de las grabaciones a partir del contraste de ambas al yuxtaponerse en el mismo plano: la sobrecargada y efectista puesta en escena de actores bellos contra el grano y la torpeza de una realidad feísta podrían haber lanzado una de las reflexiones más interesantes sobre la construcción de la ficción y la aceptación de códigos, pero en ningún momento esta propuesta llega a tener más utilidad que hacer más notables los sobresaltos de las grabaciones, por puro contraste ante la dejadez y excesos de la dramatización. Quizás así se habría salvado lo que en esencia no deja de ser una historia de abducciones al uso, con los más manidos tópicos del género de terror y ningún interés en cuidar las formas. En un último atisbo de lo que pudo haber sido, el tramo final de la película pone en duda gran parte del relato de Abbey Tyler, un personaje sin correspondencia más allá de la ficción, y nos plantea la tan manida pirueta del narrador, que podría haber sido una solución que interactuase con el juego de cajas chinas de representaciones que propone, pero que se queda en un escaso e ineficaz intento de sorprender al espectador menos experimentado en el género. Sin embargo, en la parte positiva, la proliferación tras El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999) y como herencia de Ghostwatch (Lesley Manning, 1992), de un cine de género que utiliza la narración veraz como el camino de la innovación y de aproximamiento a un espectador que convive con Youtube y los realitys, parece indicar que, si bien La cuarta fase no es la película que traiga consigo esa reflexión sobre la representación, no estamos muy lejos a que el cine fantástico mainstream se empiece a fijar en la parte más terrorífica de todas: la que delimita la frontera entre la realidad y la fantasía.

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