Clint Eastwood, invicto

invictus

Hay en Clint Eastwood una transformación que le lleva desde películas tan radicales como Infierno de cobardes (1972) y de ser el heredero del legado de Don Siegel y Sergio Leone, a convertirse en el adalid de un cierto clasicismo que busca en él una última figura de otros tiempos a la que aferrarse como a un tablón en un naufragio. La consecuencia principal de todo esto es que Eastwood ha terminado por ser un intocable que no suele ser puesto en duda, haciendo que los principales defectos de sus obras se omitan en función del mito, tendencia que llegó al paroxismo con Gran Torino (2008), una película que bajo el señuelo de devolver al estereotipo de tío duro que ha quedado como imagen colectiva de este actor y director, encontraba un paralelismo con su propia trayectoria al convertirse en un proyecto inofensivo y redentor, de formas simples, que buscaba un reconocimiento de un rol clásico antes que una transgresión del mito. Pero que este antifanatismo no nos lleve al extremo opuesto: Eastwoodmantiene en todas sus películas un talento innato para la dirección que sitúa cada película suya, por vago y poco interesante que sea el proyecto, como una cita ineludible.

Invictus parte, como viene siendo habitual de los últimos proyectos de Eastwood, de un proyecto a priori blando y poco significativo: una puesta en escena hollywoodiense del libro El factor humano de John Carlin que venía apadrinada por su compañero y amigo Morgan Freeman, contando con el beneplácito de Nelson Mandela. En ella se trata la recuperación de Sudáfrica tras el apartheid, la lima de asperezas entre blancos y negros y la trayectoria de la selección nacional de rugby, camino de la final. En resumen: un proyecto que en las manos equivocadas acabaría siendo un edulcorado e insoportable viaje al corazón del tópico y la nadería. Sin embargo, Eastwood sabe imprimir nervio y talento a la hora de resolver secuencias emocionalmente embarazosas, y se la juega a no darle el habitual sentido épico al deporte como alegoría del país, centrándose más en las reacciones del país ante los triunfos de su selección; un gran acierto. La película no destaca por su componente interpretativo, y desde luego, la indefinición genérica de la trama, que navega entre thriller político e historia de superación deportiva, no apoyan a un conjunto endeble, salpicado de buenos momentos, regalándonos una imagen tan bella como Mandela recitando el poema que da título a la película. Quizás Eastwoodsí sea el ejemplo último de clasicismo: aquel que no puede vivir en la sociedad actual porque la valentía de su obra debe permanecer oculta para agradar, la imagen de un director que no puede ser atrevido en tiempos de corrección política, como un reflejo invertido de Mandela o dePienaar que buscan, ante todo, evitar el conflicto y unir a todos bajo una misma carpa; puede ser que Eastwood nos esté diciendo así que sus películas son como ese partido final: una forma de hermanar espectadores, de pulir sus diferencias, sin afrontar el origen de estas.

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