Up in the air

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Llegadas estas fechas, nos inundan las películas norteamericanas cuyo objetivo principal es promocionarse en el circuito de premios que lleva hasta los Oscars, y con ello, la habitual sensación de que se tratan de películas cortadas por el mismo patrón, donde todos los años tenemos la cinta brillante como la purpurina, la exótica, el sleeper, la taquillera o la pelicula con la que solventar premios nunca entregados. Up in the air viene formada en el ambiente propicio para hacernos entender que pertenece a esta categoría: su director  Jason Reitman es una joven promesa que ya había sido nominado por Juno el año pasado, su protagonista es George Clooney otro habitual de los Oscars y ganador como actor de reparto, el espacio es el hermético universo de los aeropuertos como lugar confortable que ya vimos en La Terminal de Spielberg y el tono de película de madurez podría ser un descarado intento de consagración. En cambio, dentro de su muy marcado y elegante estilo de reverencia setentera y elementos románticos, se encuentra la misma ambigüedad de Gracias por fumar o la imagen del mediador en las relaciones amorosas que resulta efectivo por su propio distanciamiento sobre el romanticismo, que también era un momento clave en Juno; volviendo a sus obras anteriores,Reitman elabora su mejor película hasta la fecha: un dramático retrato de un hombre del futuro, que se erige defensor del trato humano en una sociedad hipertecnificada pero que al mismo tiempo vive y predica una actitud solitaria, nómada y desprendida. Reitman juega en todo momento a que su película deje caer esa imagen de sí misma, de su protagonista y su promoción, para llevarnos al desencanto de una doble crisis, la de madurez y la económica. Y es destacable la manera en la que esta última aparece en la película, bajo las entrevistas documentales por un lado, con gente real sin empleo escenificando como fue su despido, y el contraste con los rostros famosos (Zach GalifianakisJ.K. Simmons y en cierta forma, también el personaje de Sam Elliot) que se unen al mismo planteamiento desafiando su propia imagen pública en un paralelismo con lo que Reitman hace del triunfador George Clooney. Es, por tanto, una iniciativa a la par de Malditos Bastardos (Quentin Tarantino, 2009), que encuentra su mayor fuerza en ocultar sus verdaderas intenciones mientras da una imagen alterada de sí misma; pero también es un relato clásico donde el derrumbe personal se convierte en el fresco que retrata la sociedad del momento a la manera de un Elia Kazan de fino humor. He de destacar que me sorprende que mucha gente interprete la película como un producto conservador, cuando creo que ataca directamente a la línea de flotación de lo tradicional (el personaje de la hermana, definido en dos suaves pinceladas) y pone en primer término a uno de los personajes más individualistas de los últimos años, cuyo verdadero dilema no es que su vida no se ajuste al sistema, si no que haya obtenido el precioso bien de la libertad y sin embargo, no sepa que hacer con ella.

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