Cineuropa 2006 (VI): Capitalism, a love story

capitalism

Resulta sumamente difícil separar las películas de Michael Moore de su ideología, puesto que estas son sólo la herramienta y no el fin mismo, y por ello, se hace prácticamente imposible juzgar su cine sin tener un posicionamiento ideológico claro que, en ningún momento, podría llegar a considerar con detalle los mecanismos de la ficción que Moore aprovecha. Desde luego, el director de Michigan no es, ni pretende ser, Chris Marker, pero ha demostrado tener un gran ojo a la hora de encontrar material de archivo, yuxtaponerlo y además, encontrar las historias más adecuadas para lanzar su mensaje con la rotundidad que el género documental le permite. Su problema es que no es capaz de dejar que esto mismo fluya con la contundencia que ya de por sí tienen esas imágenes y su montaje y recurre a pantomimas francamente innecesarias: desde el vídeo doméstico que es adornado por una melodía de tristeza impostada, a sus vergonzosos intentos por elaborar gags a cámara descubierta donde se erige protagonista. Y es que la enésima vez que la cámara hace un travelling circular sobre su oronda figura o nos devuelve a su Flint natal, resulta inseparable de su propia caricatura. Sin embargo, en Capitalism: A Love story nos encontramos con el Moore más autoconsciente, haciendo hincapié en recordar sus documentales anteriores y especialmente, los dos mejores: Roger & Me y Bowling for Columbine, pero también considerando que este proyecto nació como secuela de Fahrenheit 9/11 y que supone una visión global a su trabajo de los últimos 20 años, el cuestionarse que es lo que realmente está mal en la democracia estadounidense. Las conclusiones a las que llega funcionan en cuanto más irreales nos parecen, lejos de subproductos como el documental para internet ZeitgeistMoore sabe construir un verdadero dramatismo y confiere la energía de una película de espías clásica a la reconstrucción de un pantagruélico robo y es capaz de extraer de ello terror y esperanza. Decía Jordi Costa en El estado de la mar, que esta década se caracterizaba por haber empezado con el 11-S, terminado con Obama, y entre medias, haber dado a luz a una cantidad excesiva de vídeos de gatos graciosos; Moore llega a la misma conclusión, literalmente: es la entretenida y chabacana voz de una época que no le ha necesitado para nada, más allá de cierto tipo de espectador europeo que mira a los protagonistas de estas historias con cierta condescendencia. No en vano, se ha omitido en los medios su documental anterior, Slacker Uprising, la crónica de su propio fracaso convertido, por la magia del montaje, en un llamamiento al voto. Citando a Shaw: “sí vas a contar a la gente la verdad, será mejor que les hagas reír o te matarán”; y puede que todo lo que dice el director de SickO no sea verdad, pero hay algo de verdad y algo de risa. Poco, pero es algo.

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