Cuando un fantasma se evapora

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Defender el cine de Brian De Palma no es fácil. Mi situación siempre ha sido la de un fan declarado, la de alguien que entiende la misma fascinación del director de Carrie por llevar el lenguaje del cine a un nivel entre lo declaradamente exhibicionista y el carácter subliminal. Ese extremismo, de compaginar dos posturas radicalmente opuestas, le lleva a ser un director irregular y por tanto, difícil de apreciar; por ello me pongo siempre en el lugar de sus detractores, a los que las toscas formas de un director con pretensiones de ser más que aquello que imita es algo que no les resulta interesante. Sin embargo, lejos de desencantarme, eso me ha ayudado a buscar argumentos más sólidos con los que defender mi postura. De entre todas las características de De Palma, yo destaco su extenso conocimiento de la percepción. De Palma no se ha limitado a estudiar a Hitchcock y repetir trucos, si no que se ha estudiado la naturaleza de esos trucos y que los hacía efectivos, y ha sacado sus propias conclusiones, lo que le confiere una identidad propia. Mi ejemplo favorito es El fantasma del paraíso.

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El fantasma del paraíso es una película extraña y hortera, que combina Frankenstein, El fantasma de la ópera y Fausto con una estética glam y retrofuturista que, seamos claros, la convierte superficialmente en un engendro amanerado y cargante del que vas perdiendo el interés. No, no es de mis películas favoritas de su director, pero probablemente tenga algunos de sus momentos más brillantes en su oficio. Uno de ellos es el primer ataque terrorista del fantasma, dispuesto a destrozar los ensayos de la obra con la que el mefistofélico Swan pretende inaugurar su Paraíso.

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La escena se divide en dos partes, le llamaremos pantalla A a la situada a la izquierda y pantalla B a la situada a la derecha, siempre desde el punto de vista desde el espectador. Lo primero que hay que destacar es precisamente esta división que acabo de hacer, dándole el primer orden a la pantalla A, pues lo habitual es leer la imagen igual que leemos la escritura, priorizando la izquierda y avanzando hacia la derecha. En la pantalla está la acción principal y que va a marcar todo el eje de la secuencia: en fantasma coloca una bomba en un coche de atrezzo. En la pantalla B, tenemos una privilegiada aunque poco interesante vista de los ensayos del grupo.

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Una vez colocada la bomba, es la pantalla A la que sigue centrando nuestra atención. El fantasma se ha ido y un grupo de chicas se sube al coche de atrezzo, mientras reciben instrucciones del equipo, por supuesto, todo esta es la excusa para alargar la escena todo lo posible. Y sí, ya se habrán fijado que asistimos a dos planos secuencia simultáneos, siendo el eje de la acción, casi un calco por duplicado del célebre comienzo de Sed de mal (Orson Welles, 1958). De Palma es así.

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El coche avanza hacia el escenario, con las muchachas sobre el maletero donde está situada la bomba. En este mismo instante, los ejes de las dos cámaras forman un ángulo recto perfecto. Estamos ya en el mismo escenario y tiempo, simultaneándo al grupo, que sigue siendo igual de aburrido, y a las chicas sentadas bajo una amenaza inminente que desconocen.

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La pantalla B gira sobre su eje y nos muestra a Swan asistiendo al ensayo desde su palco. El movimiento dentro del plano B, frente a la quietud de la pantalla A nos ha hecho desviar la mirada hacia el palco. Un fotograma-espejo de un momento posterior.

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La cámara B vuelve al escenario con el movimiento opuesto y nos sitúa, ahora sí, el coche en ambas pantallas. Toda nuestra atención está centrada en ese coche que todavía tiene una bomba a punto de estallar.

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Pero de repente, la cámara B vuelve a repetir el movimiento sobre su eje, esta vez ofreciendo la imagen del fantasma, observando y esperando. El movimiento hace que, por un momento, dejemos de leer la imagen de izquierda a derecha y nos centremos exclusivamente en la pantalla B, que hace un ligero zoom. Tanto el movimiento como el hecho de que este sea reflejo del otro fotograma (donde desviamos la mirada sin apenas perder información de la acción) nos lleva a decantarnos por ese lado de la pantalla y, por una simple fracción de segundo, nos distrae.

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Y el maletero estalla. ¿que ha pasado? Nos horrorizamos por un momento. ¿Y esas pobres chicas?. Evidentemente, De Palma no pensó en 1974 que algún día tendríamos la posibilidad de ver su película parándola con un mando a distancia, pasando fotograma a fotograma. Asi que lo que ha hecho entre esta imagen y la anterior, algo impercibible en una pantalla de cine, ha sido esto:

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La pantalla A se ha despejado de señoritas mientras nosotros, atentos a la imagen del fantasma en la pantalla B, veíamos como un barrido, que deja ver un cegador foco, nos llevaba del fantasma a la atónita mirada de Swan. Han sido décimas de segundo, y en esta orquestada manipulación, De Palma ha suprimido a las chicas del peligro distrayéndonos con otra cosa. Como los buenos magos. Así que lo sorprendente no es que hayamos asistido a dos planos secuencia muy complejos, si no que, por un momento, hemos tenido la horrible sensación de que el coche había estallado llevándose consigo a las chicas. Y me niego a creer que De Palma no sabía lo que se hacía, que sólo trataba de orquestar dos planos secuencia (su parte más exhibicionista) cuando ha sido un pequeño efecto, algo que no te explica ningún libro de texto, modificando la percepción de la pantalla dividida por parte del espectador, la que ha conseguido ese magnífico resultado. Esto dice de él que posee un profundo conocimiento del ritmo y el movimiento aplicados a la percepción del espectador, lo que supone casi un talento natural; y esa es mi defensa principal de Brian De Palma. Así que mover la cámara como Hitchcock, o Welles, o De Palma es francamente fácil. Lo realmente complejo es conseguir el mismo efecto, porque un truco copiado no mejora haciéndose más difícil de ejecutar, si no haciéndose más eficaz.

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  1. Prestidigitación | Henrique Lage - 30 noviembre, 2015

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