John Dillinger, el enemigo público

pubicenemis

En la película debut de John Milius, Dillinger (1973) el legendario atracador de bancos enterraba a uno de sus compañeros y pronunciaba un emotivo discurso en su honor, enumerando a las leyendas del viejo Oeste a las que su actitud le recordaba. Este gesto definía la voluntad de la película de concebir a John Dillinger como el último gran mito americano, el bandolero de tintes robinhoodescos, el fugitivo definitivo.

Michael Mann es un director que ha sido reconocido por la contundencia y sequedad de sus escenas de acción y su capacidad para el thriller de lujo y glamuroso, pero que, sin embargo, rara vez se ha movido cómodo en el drama, y aún así, no ha renunciado a él, estableciendo un difícil equilibrio entre sus personajes de tipos duros y las mujeres o familias que les humanizan. Enemigos públicos no es una excepción, pero aunque el personaje de Dillinger se ajuste su director, Mann no parece ajustarse a su personaje principal y la película sale mal parada: la indefinición de su eje principal, diálogos creídos, sumada a una injustificable pereza por la fotografía digital y un montaje rabioso, lleno de elipsis insensatas repercuten muy negativamente en el conjunto.El envoltorio viene esta vez vacío, excesivamente prefabricado en su complejo entramado y el esbozo de personajes en discursos que suenan forzados y cargados de pose. Si la versión de Milius idealizaba en demasía a los personajes, creando una camadería utópica entre la ley y el crimen, esta nueva versión de la vida del famoso atracador se considera a sí misma la historia de una soledad, aún cuando cualquier parecido con la historia real es pura coincidencia, donde el mito es poco menos que un engreído con corazón de oro.

Una diferencia notable es en la muerte de Charles Arthur Floyd; mientras que Milius sitúa la escena como preámbulo al clímax, la rueda con cierta calma y deja que Charles muera agradeciendo a Purvis que sea él quien le mate, en la de Mann, la secuencia es la presentación de Purvis al espectador, está pensada como una secuencia de impacto y pone como últimas palabras de “Preety Boy” Floyd un insulto contra su captor y asesino.

Aún así, se encuentra en Mann ese Melville latente que sueña ser y que nos da una contrapartida, un complemento a la versión de Milius al profundizar más en las figuras de PurvisHoover, y el nacimiento de un FBI cruel y despiadado que pone fin al mundo de libertad del que Dillinger se convierte en último representante. En el mundo de Mann, los mitos ya no tienen su reflejo en la tradición del Oeste, si no que son un anacronismo peligroso que impulsa a un gobierno autoritario a dar rienda suelta a sus perros. Aquí, Dillinger no es el granuja popular, si no el enemigo público.

Anuncios

Etiquetas: , , , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: