Arrástrame a la sorpresa

dragmetojel

Las consecuencias negativas del superespectador no han tardado en aparecer. Si ya hemos hablado del hype ahora toca comentar la anticipación, lo que está llevando a la gente a quejarse de la “previsibilidad” de la última y divertidísima película de Sam Raimi, Arrástrame al infierno.

Hay un agotamiento por el relato clásico fruto de dos motivos: el primero, la poca habilidad de muchos guionistas o directores al facturar productos clónicos sin el menor interés, la otra, es la creciente necesidad de que cada historia tenga no sólo los giros habituales si no una reformulación final que coja desprevenido al espectador. Esa necesidad ha creado auténticos subproductos que basan todo su potencial en coger con la guardia baja al público. El problema es que sorprender no es difícil. Lo difícil es que esa sorpresa sea coherente. Con Arrástrame al infierno nos encontramos un relato terriblemente clásico (no en vano, toma elementos de La noche del demonio de Tourneur) que concluye con un giro que ya viene adelantado por el espectador acostumbrado, y eso le ha valido una serie de críticas negativas totalmente injustas. Todos esos espectadores echan su rabia en la ausencia de sorpresa, sin percatarse de que han asistido a secuencias como la del aparcamiento que son sorpresas continúas de un guión fantástico: una cadena inagotable de sustos, bromas y acción que no surgen de la nada, que tienen un enorme trabajo detrás. Creer que Sam Raimi no es consciente de que su conclusión final se puede intuir es considerar al director de Evil Dead más tonto que nosotros. Y los 80 minutos anteriores me ha demostrado que eso no es cierto. Lo que ha hecho la anticipación es matar al relato clásico, al cuento moral heredado de EC en este caso, que no necesita tirar de trucos en la manga para sorprender, porque es su desarrollo el que verdaderamente importa. No se trata de si nosotros nos damos cuenta, si no de si los personajes lo hacen. Lo verdaderamente fácil y cómodo para Raimi hubiese sido inventarse algo al final, algo de lo que no tuviésemos referencia antes; pero entonces el que nos tomaría por tontos sería él. Ha optado por ser coherente desde un principio y lo ha llevado a sus máximas consecuencias, aunque eso signifique que algún despistado se crea más listo que él. Pero a quién la importan las sorpresas cuando yo soy Keiser Sozé.

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