Haruhi Suzumiya contra el hype

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El espectador 2.0 se ha ido forjando en los últimos años como aquel individuo que es plenamente consciente de todo lo que comprende a la obra. En primer lugar, este superespectador conoce el referente: las ideas ya no surgen de la nada, si no que son adaptaciones, remakes o secuelas o, en el mejor de los casos, una perspectiva distinta a un género sobresaturado. Una vez localizado el origen, el proceso de creación se sigue con mucho entusiasmo, se mantiene un interés continuo fomentado por toda la información que llega tanto oficial como extraoficialmente, y entre esas especulaciones, el marketing viral ha demostrado ser una de las formas más sugerentes y creativas de mantener viva esa atención. El superespectador sería feliz si no fuese por un pequeño inconveniente: su anticipación a la obra hace que sea más difícil que esta le sorprenda, así que ocasionalmente, se conforma con que le satisfaga.

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Hace ya tres años, la adaptación al anime de las novelas ligeras La melancolía de Haruhi Suzumiya, sorprendió por diferentes motivos: el principal era su equilibrado argumento entre un cierto sentimentalismo adolescente y complejos elementos de la ciencia ficción más exigente, pero si como esto no fuese suficiente, el orden de emisión no respetó el carácter cronológico de la historia, además de que esa primera temporada no cubría algunas de las historias, produciendo extrañas omisiones que acentuaban la rareza de esta serie y la complejidad se disfrazaba de convencional y superficial serie de amoríos adolescentes con pequeños retazos de lo sobrenatural. El instantáneo éxito de la serie ha llevado a su segunda temporada a ser uno de los estrenos más esperados de los últimos años, con todo tipo de especulaciones en torno a cuando se iba a producir, informaciones oficiales contradictorias, maniobras de despiste que ponían a prueba la paciencia de cualquier superespectador. Cuando se anunció esta nueva temporada para el presente año, todo parecía ideal. La sorpresa llegó cuando los superespectadores se encontraron con… una reposición de la primera temporada. O no. En realidad, en una maniobra magnífica, se emitió entre los episodios ya conocidos y en orden cronológico, un episodio nuevo, una historia omitida en la primera temporada y que ahora encajaba dentro de la trama. Y así con el resto de episodios de la segunda temporada, que, en algún caso, reformulan lo visto en la primera.

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Si esto se quedase en el anecdótico caso de la cronología de emisión, sería un detalle simpático, que demostraría la indefensión del superespectador a estas maniobras de distracción como el efecto sorpresa que necesita, pero va más allá. A partir de aquí, spoilers, así que mejor no seguir leyendo si se quiere mantener esa sorpresa intacta.

El caso es que tras un episodio 2×01 magnífico Rapsodia de la hoja de bambú, donde se cruzan tres formas distintas de tratar los viajes en el tiempo en la ficción, le continuó un episodio muy esperado por los lectores de las novelas, Agosto infinito. La sorpresa en este caso fue que el episodio no trataba la paradoja temporal que supuestamente debía, y en su lugar, parecía ceñirse a un fanservice, mostrando a los personajes de vacaciones, de una forma tontorrona y plana, sin ningún tipo de lucimiento en la animación y sin apenas una trama más allá de la acumulación de escenas veraniegas y modelos de vestidos. Pero si algo han demostrado, es inteligencia para equilibrar esas concesiones al fan con verdaderos hallazgos narrativos, y en este caso, el tercer episodio de esta segunda temporada se llamaba… Agosto infinito. Pero por supuesto, no era el mismo episodio: pequeñas variaciones de vestuario, actitudes más sospechosas, la sensación de dejá vu es tanto para personajes como espectadores, y por supuesto, se desvela la naturaleza de este extraño remake de un episodio eminentemente posterior: los personajes se encuentran atrapados en un bucle que les ha obligado a repetir las últimas dos semanas de agosto con minúsculas variaciones, su objetivo es descubrir, como si de El ángel exterminador se tratase, como deshacer esta maldición sabiendo que falta en esas dos semanas para que el tiempo vuelva a restaurarse. No es la primera vez que una serie hace esto mismo; anteriormente, tras la cancelación de “Futurama” se distribuyó un cómic que anunciaba la vuelta de los personajes con episodios nuevos, en forma de largometrajes para el mercado doméstico, en este cómic, se justificaba la ausencia a través de las continuas reposiciones en televisión de viejos capítulos enunciando que se trataba de un bucle temporal producido por un agujero negro. Al final de la cuarta y última película que sacó la serie de Groening y Cohen, los personajes, ante el futuro incierto, vuelven a encontrarse con un agujero negro. De nuevo, aprovechando los argumentos clásicos de la ciencia ficción para explicitar la situación.

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Sin embargo, tampoco ahí queda la cosa. El mayor acierto entre el primer Agosto infinito y su ¿secuela? está en la variación de formas: los cambios no se reducen a frases pronunciadas a destiempo o modelos de ropa distintos, si no a incluso una planificación mucho más siniestra. Ahora los planos son más cerrados aunque los hechos sean los mismos, el montaje introduce pequeños insertos cuando antes eran secuencias completas y descriptivas, en otras palabras, la historia parece sucederse en la ausencia, en lo que ya se intuye porque ya se conoce a través de la experiencia que nos ha dado un episodio previo, y como ejemplo, mi momento favorito del capítulo, el protagonista, Kyon, llega tarde a una cita con sus compañeros, como ya habíamos visto, pero esta vez el plano se nos presenta desde lejos, como observadores externos y una columna oculta a Kyon de nuestra vista. Así, La melancolía de Haruhi Suzumiya demuestra su capacidad para exponer su narrativa más allá de la simple exposición de hechos, si no que se permite el lujo de jugar a distintos niveles: el orden de emisión, las expectativas por cada nuevo episodio, el factor internet y como no, el formalismo del propio episodio. Es en ello donde el superespectador, que ha dejado de ser ese primitivo primer espectador pasivo, ahora no sólo es alguien conectado a todos esos niveles, si no que es trabajo suyo percibirlos y completar interactivamente la historia, de esa forma, el audiovisual ha dejado de ser un instrumento de feria, un producto o un regalo, para convertirse en una recompensa.

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PD: Una curiosidad más. Los dos momentos de los kimonos que aparecen ilustrando este post se producen exactamente en el mismo minuto en los dos episodios. Si eso les parece hilar muy fino, aún tengo otra cosa que decir: como se puede comprobar, el segundo episodio parece más brillante y contrastado que el primero, lo que no negaré que ayuda a generar intranquilidad, aunque me temo que esto último no sea algo buscado y obedezca más a la escasa calidad de la copia del episodio que a la emisión del mismo, que probablemente tuvo lugar en mejores condiciones de las que yo he tenido acceso.

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  1. Con amigos, sí | Henrique Lage - 6 abril, 2016

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