Los mundos de Coraline y Carroll

Coraline

Lewis Carroll construyó muchas cosas significativas en su popular Las Aventuras de Alícia en el País de las Maravillas. Bajo la corteza de un relato infantil se escondían malamente otros objetivos, tales como un nuevo acercamiento por su parte de los juegos lógicos a las mentes jóvenes, asi como una forma de trazar relatos sin límite de edad que dejaban ver, mediante una realidad distinta a la nuestra, toda la serie de sinsentidos y absurdos (y sin embargo, enunciados lógicos) del complicado mundo adulto. No es de extrañar que la forma de entrar a este sea seguir a un conejo blanco, tan esclavo del tiempo, que llega tarde sin tener claro a donde, sólo porque así lo indica su reloj.

La pasión que comparto por la citada obra la tengo también en cuanto a sus adaptaciones fílmicas, aunque hayan dado piezas tan interesantes como la pre-lisérgica Alicia en el País de las Maravillas (Clyde Geronimi, Wilfred Jackson y Hamilton Luske; 1951), la paradoja visual Malice in Wonderland (Vince Collins, 1982) o la perturbadora Alice (Jan Svankmajer, 1988), mi interés se ha centrado más en las adaptaciones no oficiales, las hijas bastardas que, sin ningún rubor, ponen de manifiesto la presencia de esos universos alternativos tan lógicos como disparatados. Son buena muestra de estas Dentro del laberinto (Jim Henson, 1986) o las recientes y hermanas mellizas  Tideland (Terry Gilliam, 2005) y El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), pero también lo es Los mundos de Coraline (Henry Selick, 2009). Esta última mantiene intacta esa capacidad para asombrar a pequeños y adultos sin dejar de establecer paralelismos entre la vida de la niña protagonista y su mundo mágico, en una difícil barrera entre realidad y ficción. Selick, libre de las ataduras de Tim Burton y sin la dependencia de Roald Dahl o el Dr. Seuss, ha vuelto de una manera muy poderosa al vaginal mundo interior de Carroll de la mano de un Neil Gaiman que actúa de gran costurero, hilvanando aciertos mitológicos. Es conveniente destacar que esta maravillosa película tenga un referente muy directo en la genial El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001), otra versión obvia de Carroll; la relación Gaiman-Miyazaki viene de lejos, cuando el primero fué contratado por Harvey Weinstein para ‘adaptar’ (sic) los diálogos de La princesa Mononoke (Hayao Miyazaki, 1997) al inglés, pero no acaba ahí, ya que la siguiente película del genio japonés tras su libre adaptación de Alicia fue El castillo ambulante (2004), basada en la obra de Diana Wynne Jones, amiga y compañera de comunes inquietudes del escritor inglés.

Es emocionante ver como Selick lleva incluso el juego de espejos mucho más lejos, cuando arranca la historia con la construcción de una muñeca que pronto se nos revela, es la propia Coraline. Una muñeca dentro de un simulado mundo de muñecas y que, en ausencia de sus padres, termina reconstruyendo a estos con almohadones y cojines. La capacidad de fascinación e interés que mantiene en todo momento la película la hace especialmente valiosa y, como ya he puntualizado antes, una digna heredera del mito Carrolliano pasado por el tamiz de Miyazaki, algo que se pone especialmente de relieve cuando Selick detiene el relato para mostrar pequeños e insignificantes gestos de su protagonista que la definen y le dotan de ese carisma, esa empatía, que la muestra como una niña normal, traviesa e imaginativa, remitiendo poderosamente a un momento similar en Ponyo en el acantilado (2009). Sin duda, una película de animación infantil que se preocupa de lo más importante, a través de esa niña en busca de sus padres: que los niños se sientan protagonistas, y los adultos sepan, por un momento, ser niños.

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