Déjame entrar: el otro punto de vista

ojosdeeli

Es bastante complicado hablar ahora de Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2009), la película que ahora mismo ocupa la blogosfera. Y lo es porque resulta muy difícil aportar algo nuevo a todas las reflexiones, superficiales o no, que se han hecho de la misma. Precedida por un impresionante número de premios, la fama se ha ido acumulando y fue esta mismo bagaje lo que me llevó a interesarme por ella en el pasado festival de Sitges, en una de esas jornadas fatigosas. Ya con la distancia de un segundo visionado creo que poco tendría que objetar a quienes la defienden como una gran obra, excepto, tal vez, un pequeño matiz.

Es algo que no he podido evitar leer en todas las opiniones vertidas de la película y es que el principal argumento sobre el que se sostiene la defensa de la película es en la supuesta originalidad o el salto que supone para el género y la mitología vampírica una historia de estas características. Creo que hay que ser cautelosos con esto. Es muy fácil exigirle a un género que vaya siempre un poco más allá, pero es realmente complicado definir que es exactamente lo que le estamos exigiendo. Intentamos que el valor objetivo sea el de la innovación entendiendo esta como una ruptura con las constantes anteriores. Es un error: las constantes son el esqueleto indispensable que las sostiene. Así, ni la película de Alfredson ni la novela original de Lindqvistevitan mantener ciertas constantes que son tópicos asumidos, escudados bajo el halo del mito, e incluso dan a uno de ellos, uno de los menos conocidos (la prohibición de los vampiros a entrar en casa ajenas si no están invitados) tanta importancia como para hacer de esta el título. Así, tenemos un vampiro con colmillos y siervos, que asola a una ciudad de gente temerosa, que bebe sangre, que convierte a otros en vampiros, que arde en contacto con la luz y que vive una (siempre supuesta) historia de amor apasionada. Admitámoslo: hay pocas diferencias entre este argumento y el de Crepúsculo o Tru Blood.

¿Qué hace entonces de Déjame entrar algo tan importante? Desde mi punto de vista no es esa ruptura con el género si no el uso que se hacen de tópicos bien asumidos. Cuando un género se populariza tiende a ocurrir que conceptos como la aversión de los vampiros a la luz del sol sea algo que ya no sólo no precisa de explicación si no que se convierte en algo poco interesante, en otras palabras, los tópicos del género se convierten en tales cuando dejan de ser sorprendentes para ser canónicos. Una vez asumidos todos ellos, el ejercicio novedoso no es quebrantarlos si no saber utilizarlos con propiedad. Eli, nuestro vampiro sueco, es tanto el despertar amoroso y sexual de Oskar como la materialización de su ira, un ser desprovisto de moralidad y que opera en completa libertad oculto al injusto mundo humano. Relacionar el sexo o la sumisión con el vampirismo no es nuevo: hacerlo con una estilizada elegancia sueca, con una historia de (des)amor infantil tan irreverente es su clave. Una película que tiene su mayor acierto en no explicitar los apuntes más obvios y truculentos de la novela en función de dejar respirar a los personajes y hacer más digerible lo que no deja de ser un caramelo envenado, tan oculto a la vista de los demás como la propia Eli. Confíen en mí, que de esto, sé un rato.

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