Dinero caído del cielo

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Una parte supuestamente fundamental en cualquier tipo de narración es la curva de la credibilidad. El cine no parece ser una excepción, y es frecuente oír que la mejor forma de llevar a cabo ciertas historias es mediante esa evolución constante, aquello que motiva que, por ejemplo, los Cazafantasmas se puedan enfrentar a un monstruo gigante con aspecto de marinerito porque una hora antes hemos visto huevos estallando en una cocina.

 Sin embargo, lo cierto es que como todas las normas que uno aprende sobre el cine lo importante no es cumplirla si no la utilidad que le das, aunque sea obviándola por completo. Los musicales son un buen ejemplo en ese sentido: con la aparición del cine sonoro, gran parte del poder evocador del cine tenía ahora que enfrentarse a un nuevo aditivo con sus pros y contras, y la forma de salir al paso mientras esa transición tenía lugar fue aprovechar ese recién descubierto recurso sonoro como parte del espectáculo. Se grababa a la estrella de turno cantando y bailando una vez, y se distribuía por todos los cines, como el mismo público que si fuesen representaciones en directo. Las historias poco importaban, eran una excusa para el repertorio.

Siempre me ha llamada la atención como se adaptó a nuestro “cine de barrio” como cuando la estrella de turno salta a cantar su actuación se justifica: casi siempre tiene lugar en alguna cantina, en algún local donde la folclórica o el cantarín tiene a los músicos a su disposición, para que nadie se pregunte nunca de donde demonios sale esa música. Un ejemplo que me parece divertidísimo: este video de Marisol interpretando en supuesto directo una canción en la radio, atentos a la mujer que la acompaña, cambiando de instrumento según suena, ¿por qué? Porque hace falta una referencia visual de aquello que escuchamos, eso es llevar la curva de la credibilidad al extremo en un género que nació para prescindir de la misma, obviando cualquier narración.

Dennis Potter es un nombre de referencia mundial dentro de la televisión, a la mayoría les sonará por una serie británica llamada The Singing Detective, un delirio donde en cualquier momento, los personajes podían ponerse a cantar porque sí. Tuvo su particular versión en el cine, en clave Kauffmaniana, con no muy buena fortuna. Sin embargo, no fue la única serie de Potter que gozó de adaptación a la gran pantalla, antes ya se había hecho una adaptación de su serie Pennies from Heaven.

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En la serie, el personaje de Bob Hoskins, un pobre desgraciado, se encuentra con un tipo con peor fortuna que él en un restaurante. El protagonista se apiada de él y le ofrece su comida, este, en agradecimiento, interpreta la canción que da título a la serie, que suena más triste que nunca. El hombre canta en playback mientras violines no presentes suenan, a duras penas puede hacer algún tipo de coreografía en el reducido decorado que simula la cafetería, el resto de clientes ni presta atención. Sabemos que nada de eso está pasando.

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En cambio, en la película, es diferente, ahora el personaje principal es Steve Martin aunque la situación es la misma. Volvemos a tener el mismo problema, el hombre empieza a cantar agradecido, pero ¿porqué conformarse con ese arrebato sonoro? ¿porqué no tirar abajo esa pared de la credibilidad, que nos impide dar un paso más allá? Y que mejor forma de hacerlo que tomárselo literalmente: el pequeño decorado de la cafetería pierde de repente una de sus paredes, el hombre sale al exterior (un decorado gigantesco) y la lluvia le empapa, repasa desde el exterior al resto de clientes, parados en el tiempo, mientras la música sube y sube, entonces llueve oro del cielo, todo parece moverse como debajo del agua, algo estalla en la mente del espectador, las gotas brillan, el rostro desencajado de Steve Martin lo dice todo.

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Finalmente, el hombre vuelve a su posición, la pared se restablece y la música termina, vuelve a ser una cafetería normal. Para el personaje de Martin nada de eso ha sucedido, se ha perdido una de las mejores secuencias musicales de la historia del cine, como lo son muchas de las que aparecen en esta película; un fracaso en taquilla, totalmente olvidada y una joya a recuperar, todo ello por el mismo motivo: porque supo dejar claro, con pequeños grandes momentos como este, que la funcionalidad de los decorados o que la progresión de la credibilidad puede ser destruida y restaurada en cuestión de segundos, sin temer por el espectador.

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