La épica del patetismo

wrestler

Es un placer encontrarse de vez en cuando con una película como The Wrestler. Pequeña, sencilla, humilde, sin grandes alardes, Aronofsky consigue algo que resulta muy difícil de atrapar en celuloide y es dotar de vida a su película. Sin salir en ningún momento de un tono claramente estilizado hacia cierto horterismo de suburbio, la película escoge un camino claramente nutrida del lenguaje del género documental para narrar los pequeños momentos de vida de un perdedor, como tantos otros, atrapado en una pantomima a medio camino del héroe y el mendigo. Mickey Rourke pone voz y cuerpo a este “viejo trozo de carne”, lacerado y de voz temblorosa, fruto de extraños y comprensibles excesos, donde no parece encontrar un lugar, ni felicidad, ni redención. Un hermoso retrato de humanismo y dignidad donde el luchador del título tiene su principal contrincante en la mediocridad y el olvido. Aronofsky consigue sacar la mejor poesía de todas: la que surge de forma espontánea, propia a cierto naturalismo y a un mundo de pequeños actos de fe personal, de autoconfianza para un espectáculo tristemente falseado, donde hasta la más lamentable de las fictias peleas rezuma mucha más verdad que esa pantalla gris que es la vida.Quizás no sea la mejor película que vea usted este año, pero es un ejemplo idóneo de sencillez y dinamismo. De contención e interés por lo que se cuenta, por los personajes y sus vicisitudes, por su salvaje, hermoso y memorable plano final.

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