Rob Zombie, el retratista sociópata

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El reciente estreno de Halloween: el origen nos ofrece la oportunidad de dar un pequeño análisis de conjunto a la aún corta carrera de Rob Zombie, el músico de metal industrial. Si bien nos centramos en su carrera como realizador de largometrajes, obviando sus videoclips, la extensa lista de largometrajes que se nutre de su música, su colaboración en el muy recomendable documental Metal: a headbanger’s journey (Sam Dunn, Scot McFayden y Jessica Joy Wise, 2005) y su labor como guionista en la futura The Haunted World of Superbasto (Doug Lawrence, 2008). Es conveniente ensalzar algunos de los puntos que lo convierte en uno de los pocos autores del cine fantástico actual, tan sobresaturado como carente de personalidad y talento, Zombie demuestra tener de sobra de ambas cosas y el como va a administrarlas es la incógnita de cada nuevo proyecto. Por supuesto, recomendamos este enlace para escuchar mientras lee el presente artículo.

La casa de los 1000 cadáveres (2003)

Película maldita desde su nacimiento, malinterpretada y a duras penas estrenada, este difícil comienzo es una auténtica declaración de intenciones. En un tiempo en que las fotocopias se suceden en el cine de terror, Zombie dice que no está todo contado y presenta un punto y aparte, que, ojo, puede ser hasta definitivo. Así es, su debut es una revisión del american gothic que plantea una perspectiva posmoderna, más allá del diseño granguignolesco, al tomar en consideración que el espectador de este tipo de productos es, con los precedentes actuales, absolutamente consciente de que los protagonistas son materia prima para el psycho killer de turno. Una vez asumida la falta de sorpresa, el planteamiento se forma ideal: los supuestos protagonistas, aquellos adolescentes que podemos calificar de normales, enervan e invaden el espacio de los destinados a enterrarlos, y estos, conscientes, como el público, de su papel, optan por convertir la matanza en un carnaval, a la espera de las grotescas formas de dar muerte, prolongando la agonía con su disfuncional comportamiento. Esta perversión se presenta si misma como un cine de madrugada y canal televisivo, y le permite jugar a Zombie con un montaje lisérgico y brutal, el “todo vale”. Para enorme acierto del conjunto, tiene a bien acabarla con lo que es la consecuencia más evidente: el delirio visual, la fantasía hecha carne, la gratuidad no como algo negativo si no como algo festivo. Sin duda, uno de los productos más honestos de los últimos años en el género.

Los renegados del diablo (2005)

Si ya estaba el atrevimiento del debut, la secuela debería ser una confirmación, y lo es, pero también es una negación de lo anterior. En otras palabras: Zombie parte de cero y trae de nuevo la atmósfera sucia y la violencia deslenguada de los setenta, y lo acompaña de un lirismo a cámara lenta que tiene mucho más que el simple homenaje a Peckinpah. Para demostrar a los incrédulos que es un autor “serio” plantea una película seca y dura, pero evitando las concesiones y con ecos muy críticos; coge de su anterior entrega la capacidad para ponernos en la piel de quien moralmente parece opuesto a nosotros si bien el antagonista, hombre “de ley”, no es mejor que aquellos a los que persigue. Eso sí, la redención tiene venir a través del freak sacrificado, del monstruo consumido por las llamas. Bella metáfora, consciente o no, de lo que es poner los pies en esta industria.

Grindhouse: Werewolf Women of the S.S. (2007)

Lo que diferencia su fake trailer de los realizados por Edgar WrightRobert Rodriguez y Eli Roth, es una manera distinta de entender el exceso. En el caso de Wright el exceso viene dado por la repetición, en de Rodríguez por cierta tendencia al macarrismo y en el de Roth por la acumulación. El segmento de Zombie es diferente: lo que aporta es el grado de sorpresa, de sueño mondobruttiano, de fantasía sicalíptica y chiste kitsch. Es por eso por lo que resulta el menos cómico de todos los trailers del proyecto Grindhouse, con la excepción del cameo deNicolas Cage no hay una intención clara de humor, de gag, ni tan siquiera de parodia. Uno se para a pensar en que probablemente Zombie rodaría gustoso este proyecto de nazisploitation con la mayor seriedad.

Halloween: el origen (2008)

Al plantearse el remake de La noche de Halloween (John Carpenter, 1978) surgen dos opciones: la fidelidad al que es comúnmente aceptado como clásico del género o la interpretación nueva y libre. Encontrar un equilibrio entre ambas es harto difícil, asi que la opción de Zombie es simple: la primera mitad es su verdadera visión, el estudio de la sociedad a través de la mirada del outsider, el marginado, el psicópata [1], aquel que se aleja de la sociedad es quien la puede observar desde la distancia… y una segunda mitad que repite la aceptable fórmula clásica, pero que no sorprende demasiado. Hay que destacar uno de los grandes logros técnicos de Zombie, que demuestra su talento como director durante la primera mitad, donde la mayoría de las acciones importantes vienen marcadas por enfoques y desenfoques, algo que solo es posible a partir de una planificación exhaustiva. Mucho se habla de los cambios con respecto a la original como principal error que explica que la segunda mitad resulte menos interesante, pero lo cierto es que humanizar a una leyenda como Myers no reduce su capacidad de asustar, y breves apuntes como la relacción paterno-filial de Myers y Loomis [2], o la conversión de Loomis en el otro “villano”, el espectro de la sociedad que se nutre de los psicópatas y cuyas opiniones sobre su libro y la alusión a su primer matrimonio lo convierten en un personaje tan complejo como Myers. A modo de epílogo conviene aclarar las diferentes versiones existentes de la cinta: las principales diferencias entre el workprint y la copia vista en cines reside en la huída de Myers (aprovechando una negligencia en el workprint y de manera intencionada en la copia de cines) y en el final (la aparición de la policía y un epílogo en el workprint, eliminados en la copia de cines, que concluye con un vídeo casero en super 8).

[1] No en vano, el libro escrito por el Dr. Loomis sobre Michael Myers se titula ‘Devil’s eyes’, los ojos del diablo.
[2] Loomis pretende salvar al joven Myers y es, 15 años después, cuando se rinde, el momento que Myers elige para escapar (en la versión vista en cines). La oportunidad de redención de Loomis se presenta en dos partes: salvando a un “nuevo hijo” (Laurie) y reconociendo su parte de culpa a la hora de (re)educar a Myers.
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